Taylor Swift y el deepfake porn

Me gusta Taylor Swift. No tanto por su música, que en general me resulta agradable pero tampoco es algo que escuche de manera habitual, sino porque, en general, tiendo a apreciar a los artistas con talento suficiente como para escribir sus propias canciones, y por una actitud que, respaldada por su impresionante popularidad, tiende generalmente a intentar poner las cosas en su sitio.

Si añadimos que es una persona que ha utilizado esa popularidad para forzar a compañías como Apple a replantear su esquema de pagos a los creadores, que ha regrabado parte de sus propias canciones para recuperar los derechos que le había arrebatado un magnate de la industria discográfica, que ha llamado la atención sobre el problema y las tácticas sucias que compañías como Ticketmaster generan con el acceso a las entradas de los conciertos, y que es, además, una persona generosa que parece apreciar a los que trabajan para ella a todos los niveles, mi percepción positiva mejora todavía más.

Taylor Swift es una persona literalmente capaz de generar terremotos. Y ahora, va a provocar que esa actividad sísmica llegue a una actividad tan asquerosa como el deepfake porn, la degradante práctica que cosifica a la mujer y la convierte en un entretenimiento para depravados, que probablemente se encuentre pronto con algún tipo de regulación que, por lo menos, establezca penas elevadas para quienes la llevan a cabo. Ya en su momento, una actriz como Scarlett Johansson consideró el deepfake porn como una lacra contra la que era imposible luchar. Pero con Taylor Swift, las cosas podrían, posiblemente, empezar a cambiar.

A una persona con la popularidad de Taylor Swift le pasa de todo: desde encontrarse a sí misma vendiendo cazuelas y sartenes sin haber jamás prestado su imagen para ello, hasta ser la involuntaria protagonista de una oleada de imágenes pornográficas creadas mediante deepfakes y compartidas masivamente a través de X. La reacción de su legión de fans, que se lanzaron sobre la red para compartir imágenes reales de ella con el hashtag «Protect Taylor Swift» y tratar de hundir con ello la visibilidad de las imágenes falsas, es una respuesta voluntarista y bienintencionada, pero que obviamente no supone un remedio para algo así.

De hecho, la propia X llegó al punto de bloquear todas las búsquedas de Taylor Swift para evitar la circulación de esas imágenes, que fueron retiradas posteriormente por la propia compañía, y se habla de que podría estar creando nuevas estructuras internas para la moderación de contenidos, algo que Elon Musk había prácticamente desmantelado cuando llegó a la compañía.

Así, la oleada de deepfake porn que ha sufrido Taylor Swift, execrable como lo es por cualquier estándar que se utilice, podría terminar siendo algo positivo para las mujeres en general (el 98% del deepfake porn que circula por la red afecta a mujeres), básicamente porque, como dice Wired, si Taylor Swift no puede derrotar al deepfake porn, nadie puede. De hecho, desde MIT Technology Review han escrito una carta a la artista diciéndole que sienten mucho ese ataque y que comprenden cómo puede sentirse por ello, pero que se trata de una oportunidad para que alguien como ella luche y se defienda dando visibilidad al tema y provocando que se tomen más medidas de protección contra las víctimas de este tipo de prácticas.

La pregunta, claro, es qué se puede hacer cuando la tecnología permite a prácticamente cualquiera generar y publicar fácilmente este tipo de contenidos, y además, recibe el incentivo de la atención. Además de incorporar, por ejemplo, marcas de agua que permitan identificar las imágenes para su retirada o capas protectoras que confundan a los algoritmos, que son soluciones técnicas con un cierto recorrido pero también con sus problemas, es evidente que resulta imprescindible ofrecer más protección legal a las víctimas estableciendo penas más importantes para quienes crean o distribuyen ese tipo de materiales, algo de lo que se lleva hablando desde que escándalos que afectaban a colegios en España o en los Estados Unidos han puesto de manifiesto los problemas de todo tipo que puede acarrear.

Obviamente, la regulación tiene sus límites y puede ser difícil de ejercer cuando afecta a personas en otras jurisdicciones, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer nada. Y sobre todo, contribuir a la idea de que este tipo de cuestiones no son «bromas», no es «un problema menor» porque «las imágenes no son realmente de la persona», ni ningún otro de esos razonamientos absurdos que pretenden suavizar el impacto de una actividad no solamente asquerosa, sino que merece absolutamente todo tipo de desprecio. Veremos ahora si Taylor Swift, además de generar terremotos, es capaz de dar lugar a una reflexión colectiva sobre esto.


This article is also available in English on my Medium page, «Could Taylor Swift help turn the tide against deepfake pornography?»

Por Admin

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